
Publicada 6-8-2020. Vive en Mar del Plata y acepta inmediatamente sumarse a esta serie de reportajes de Ayacuchoaldia.com.ar. Nos cuenta de su vida en Ayacucho, de su actualidad en “La Feliz”, su familia y sus afectos como también sobre su actividad. Es Walter Suárez…
Walter, gracias por aceptar dialogar con nosotros. Decinos de tu presente, dónde estás, a qué te dedicás en la actualidad y hace cuántos años que te fuiste de Ayacucho?
Como muchos ayacuchenses terminé el colegio secundario y emigré, al igual que mi hermano Adrián, para seguir con la formación universitaria. Egresé de la Escuela Técnica en 1989, y estudié Ingeniería Electrónica en Mar del Plata.
En los primeros años de carrera las visitas eran más frecuentes por el apego a la familia, amigos y salidas. Como muchos, sufrí un poco el desapego los primeros años, pero luego, a mitad de carrera y trabajando, fui encontrando mi lugar de pertenencia aquí.
Hoy, 31 años después, estoy casado con Julieta, una ayacuchense maravillosa y junto a nuestros 3 hijos Micaela, Juan Ignacio y Benjamín, construimos día a día una familia que es mi mayor orgullo.
En el plano laboral trabajo en una empresa de telecomunicaciones en la operación y análisis de la performance de la red de telefonía móvil. Hace más de 23 años que estoy en este rubro y tuve la suerte de aprender de 4 culturas organizacionales diferentes, en función del origen de las casas matrices. De grande, ya con los roles de esposo y padre incorporados, pude cursar una Maestría en Administración de Negocios, dado que siempre me gustó la gestión de proyectos y también, fue un desafío para relacionarme con gente de otras profesiones, con habilidades llamadas blandas respecto a la ingeniería, y de esa forma intentar nutrirme de una mirada más integral para encarar cualquier problemática laboral o de la vida cotidiana.
Pero seguro que la unión con Ayacucho no se rompió nunca, no?
Definitivamente la familia es el nexo que nos mantiene unido a la ciudad. Salvo este período particular que nos toca atravesar, viajamos al menos mensualmente a visitar a mis padres, suegros, cuñados, sobrinos, algunos amigos y demás familiares. Los viajes familiares son permanentes y en ambos sentidos, pues tenemos lazos bastante estrechos y disfrutamos de las celebraciones de cumpleaños, fiestas de fin de año, o el sólo motivo de encontrarnos.
Con el paso del tiempo las estadías no son tan prolongadas como antes, ya que nuestros hijos mayores, ya adolescentes, tienen más compromisos deportivos y sociales los fines de semana, aunque las ganas siempre están.
Nos decías que te fuiste al terminar la Secundaria pero los recuerdos deben permanecer a flor de piel.
Los recuerdos son muchos y en casi todos los planos imaginables, desde lo sensorial, como la escarcha acumulada en las esquinas de las mañanas de invierno que usábamos para deslizar con las bicicletas, el olor a tierra mojada después de los chaparrones de verano, las calles con “chocolate” después de varios días de lluvia y humedad, los silencios de las siestas interrumpidos por el grito de “¡Helado, helado…!”, la música y los bailes en las calles durante toda la semana de la Fiesta del Ternero y tanto otros…
También el recuerdo de tomar la bicicleta con 12 o 13 años e ir a pescar con amigos detrás del club Independiente, al puente de la ruta 29 o donde sea, o decir “Mamá… me voy a jugar a la canchita de la otra cuadra” y después terminar jugando en cualquier parte, como Nazaret, la cancha auxiliar del estadio, el monte de Orfila o cualquier baldío del pueblo y al atardecer volver a casa despreocupadamente; condiciones de libertad hoy totalmente impensadas en la educación de nuestros hijos, creo… independientemente del lugar en que nos toque vivir.
En lo referente a la etapa formativa son muchas las personas que dejaron su huella en mí, y seguro voy a dejar sin nombrar a un montón, algunos ya no están entre nosotros, pero siempre estará mi agradecimiento a mis maestras de primaria Silvia Pinto y Marta Cerri; los profes de secundaria, en especial José Calvo, un utópico en su ideología que siempre nos recalcó nuestra condición de privilegiados por estar sentados en un colegio como el que nos tocó; a Marita Cabretón, nuestra profe de Inglés quien nos decía, “si el programa tuviera un año más, ¡los saco hablando a todos!”; a Laura Gómez y Norma Pipi, adelantadas a la época porque entendían que educar es dar herramientas para pensar y deducir, no sólo acumular conocimientos. Tampoco pasa un día en que toque una herramienta y no de gracias por lo recibido a los profesores de taller encabezados por el Vasco Erreguerena.
En lo deportivo/recreativo mi gratitud a Saúl Pintos, quien tuvo el gran mérito de convertir a un grupo de chicos que elegimos el Vóley como deporte, primero en un grupo de amigos y amigas con el cual sin dudas compartí los años más felices de mi adolescencia, y posteriormente, con su formación de vanguardia en el deporte, fue el artífice de un equipo competitivo con una mentalidad más poderosa que sus condiciones físicas. Una forma indirecta de decirnos “no renuncien a sus sueños”.
Ahora contanos de cómo están transitando la Pandemia
Dentro de este contexto difícil para muchísimas personas, hasta el momento nos encontramos en una situación de privilegio. En primer término, porque a ninguno de nuestros afectos o conocidos les ha tocado sufrir la enfermedad. Además, mantenemos nuestras actividades laborales, y por consiguiente el sustento, por estar en un barrio en donde mayoritariamente se respetan las normas de aislamiento y por suerte por contar con las herramientas informáticas para desarrollar en simultáneo todas las actividades en esta virtualidad. Mi trabajo siempre tuvo mucho de acceso remoto, obviamente ahora maximizados para sumar trabajos nocturnos sobre la red realizados en equipo, más la interacción con compañeros de trabajos, soportes y capacitadores.
Para el resto de la familia fue un cambio radical al que se adaptaron, como la mayoría, rápidamente. En los primeros meses recuperamos actividades recreativas no tan frecuentes, como jugar a las cartas, juegos de mesa y compartir más películas. Pude completar algunas reparaciones en la casa que estaban pendientes y leer algunos libros para los que no encontraba el momento en la rutina frenética anterior. Pasamos de movilizarnos en la ciudad entre 350 y 400 Km por semana para cumplir con nuestras actividades a “0 (cero) Km”.
Obviamente extrañamos el contacto familiar, las reuniones con amigos y los sábados en el club acompañando los partidos de Básquet de mi hijo Juani. Nunca pasé tanto tiempo sin poder encontrarme con mis padres. No puedo ni imaginar lo eterno de esta situación para ellos, más allá de que hablamos casi diariamente.
Los chicos tienen incorporado esta modalidad de comunicación, pero para nuestra generación un like no es igual a un mimo y un te sigo en las redes no reemplaza al te acompaño o te ayudo en lo sea que estés haciendo, por eso espero que si no hay una solución pronta, encontremos la madurez social, que hasta el momento no hallamos en otros temas, para interactuar con responsabilidad y libertad; aunque lo vivo como una contradicción entre el deseo y el análisis objetivo de nuestro comportamiento histórico como país.
¿Qué sabés del Ayacucho que no te tiene como vecino pero sí del que conservás una parte de tu corazón?
Hoy, estoy al día con las medidas para afrontar esta situación, el seguimiento de la cantidad de casos y la expectativa por mejoras en la circulación que nos permitan volver a visitarla.
En general, cuando podíamos, recorríamos los barrios periféricos para ver su crecimiento. En el comparativo con otras ciudades, entiendo que casi no hay marginalidad y eso es un gran punto para achicar la brecha en el acceso a las oportunidades.
También puedo decir que difícilmente se encuentre otro hospital público con la calidez de la atención como el de Ayacucho. Es un valor que trasciende todas las administraciones que ha tenido la ciudad. Seguro hay otros más equipados tecnológicamente, con profesionales más especializados, pero inigualables desde lo humano, al menos desde mi perspectiva en las ocasiones que me ha tocado acompañar a seres queridos.
Me preocupa lo que considero un consumo excesivo de alcohol en los menores y la connivencia del resto de la sociedad. Me parece que hay una buena oportunidad de mejora en ese campo y que todos los intentos, independientemente de los resultados inmediatos canalizan en cosas positivas. Por otro lado, siendo un tema de diagnóstico obvio, pero no por ello de fácil solución, implica un acuerdo en una sociedad no tan grande. Esto último, según entiendo, puede ayudar como punto de partida para encarar problemáticas más complejas, donde el consenso necesario requiera la elección de una opción en una paleta en la que seguro habrá varios tonos para el mismo color.
Por último, una pregunta que es recurrente, ¿si te ofrecieran volver, qué se tiene que dar o no está dentro de sus posibilidades?
Más allá del nexo familiar y de amigos que nos mantiene unidos a la ciudad, las posibilidades de regreso son casi nulas en el futuro cercano. En principio, por las actividades profesionales de mi esposa y mías. En breve nuestros hijos mayores, si todo va bien, comenzarán la universidad, entonces nuestro foco estará puesto en mantener la unidad familiar si es que eligen carreras aquí, o acompañarlos lo que más podamos en donde decidan hasta que hagan su propio camino. En esta etapa de nuestras vidas el desarrollo integral de cada uno de ellos es nuestro norte.
Hoy por hoy, estamos muy a gusto en Mar del Plata, pues hemos encontrado oportunidades, nuevos amigos, lugares de entretenimiento y espacios de pertenencia, sin olvidar que nuestras raíces culturales y un montón de gratos recuerdos, muchos de ellos por vivir, están allá.














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