
Hubo una época en la que los autos de competición tenían nombre propio. Una identidad bien definida. Casi como los caballos de carrera. Sin embargo, dentro de ese grupo de automóviles tan particulares hubo uno que fue emblemático: el Trueno Naranja.
El 23 de junio de 1968 debutó en Buenos Aires, donde sorprendió con la clasificación y el dominio de buena parte de la fecha. Si bien abandonó, su aparición fue una amenaza para los Torino.
La historia del Trueno Naranja fue contundente. A partir de allí llegaron las victorias. Cuatro triunfos, paradójicamente las dos primeras en el autódromo Oscar Cabalén, de Córdoba, y las dos restantes en el autódromo porteño. Y fue en el predio de Buenos Aires donde se definíó el campeonato y antes de la largada de la segunda serie, uno de los grandes candidatos, Eduardo Copello, se bajó la Liebre, se acercó a Pairetti y le dijo: “Carlos, corré tranquilo porque sos el campeón. Tengo el motor fundido y no voy a llegar.»
Y así fue. Pairetti se consagró campeón con el popular Trueno Naranja. Al año siguiente ese auto sólo obtuvo un par de triunfos más y allí se terminó su fugaz paso por el automovilismo. Sin dudas que más allá de un impacto cromático, el Trueno Naranja quedó sellado en la historia.
A tal punto que, según la leyenda, hasta inspiró, cuatro décadas después, a otro auto emblemático, aunque con otras características… Según el constructor del Trueno Naranja, Pedro Campo, sospecha que la creación de Rayo McQueen, el auto protagónico en la película Cars, tiene una particular similitud con el popular auto de Turismo Carretera.
Autos con personalidad, con nombre propio. El Trueno Naranja marcó una época y quedó marcado, tan destacado como su color, en las páginas doradas del automovilismo argentino.
N. de la R; fuente «Por un TC en ruta».





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