
Continuamos con las Rondas de Lecturas On line de la Biblioteca Pública Municipal y Popular Manuel Vilardaga. De esta manera le hacemos llegar lo que estamos publicando por internet a quienes no tienen acceso a la red. En esta oportunidad compartimos un fragmento de la novela “Mi planta de Naranja Lima” de José Mauro Vasconcelo leído por Paula Kriscautzky, la fundadora de la Biblioteca «Del otro lado del árbol» ella cuenta que este libro marcó su camino lector desde chica.
El fragmento es cuando él protagonista y su hermano Luis van a buscar los regalos que se iban a repartir para el Día del Niño y llegan tarde…
(…) ¡Zezé, me está doliendo un pie.!
Me incliné:
-Voy a aflojarte un poco el cordón y mejorará.
Ibamos cada vez más despacio. Parecía que el Mercado no llegaba nunca.
Y después todavía teníamos que pasar la Escuela Pública y doblar a la derecha
en la calle del Casino Bangú. Lo peor de todo era el tiempo, que parecía volar a
propósito.
Llegamos allá muertos de cansancio. No había nadie. Ni parecía que
hubiera habido distribución de juguetes. Pero la hubo, sí, porque la calle estaba
llena de papel de seda arrugado. Los trocitos de papel coloreaban la arena.
Mi corazón comenzó a inquietarse.
Cuando llegamos, don Coquito estaba ya cerrando las puertas del Casino.
Extenuado, le dije al portero:
-Don Coquito, ¿ya se acabó todo?
-Todo, Zezé. Ustedes llegaron muy tarde. Esto fue como un alud.
Cerró media puerta y sonrió bondadosamente.
-¡El año que viene tienen que venir más temprano, dormilones!. . .
-No importa.
Pero sí que importaba. Estaba tan triste y desilusionado que hubiese
preferido morir antes de que sucediese aquello.
-Vamos a sentarnos allí. Necesitamos descansar un poco.
-Tengo sed, Zezé.
-Cuando pasemos por lo de don Rosemberg pedimos un vaso de agua.
Alcanza para los dos.
Solamente en ese momento descubrió toda la tragedia. Ni habló. Me miró
haciendo pucheros y con los ojos perdidos.
-No importa, Luis. ¿Sabes? Voy a pedirle a Totoca que le cambie la cola a
mi caballito «Rayo de Luna» para dártelo como regalo de Papá Noel.
Pero continuó lloriqueando.
-No, no hagas eso. Tú eres un rey. Papá dijo que te bautizó Luis porque era
nombre de rey. Y un rey no puede llorar en la calle, frente a los demás, ¿sabes?
Apoyé su cabeza en mi pecho y me quedé alisándole el cabello enrulado. (…)


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