«La Tierra sin mal» el libro imperdible del ayacuchense Pablo Franco

En estos días de mayor calma laboral, pudimos mantener contacto con algunos amigos como Pablo, que radicado en Mar Azul, nos contó sobre una de sus últimas publicaciones;

LIBRO: Detalles de la Tierra sin Mal

– Reseña.

Se trata de una serie de crónicas referidas a la historia de América desde la llegada de Colón hasta nuestros días, poniendo el foco en los pueblos que habitaban el territorio.

El autor se detiene en pequeñas historias que muestran características propias del “Nuevo Mundo”: las sirenas, las amazonas y las mujeres guaraníes, los chamanes, las pinturas rupestres, la sexualidad de las mujeres ishir, la poesía del ácoma Simon Ortiz, los colores con los que se pintaba el cuerpo el lakota Alce Negro, los niños incas robados a la montaña y Kryygi, la niña aché robada a la selva.

El diario de Colón, los relatos de Cabeza de Vaca y Ulrico Schmidl se mezclan con la biografía de Nimuendajú, la Masacre de Napalpí y el sanador Pancho Sierra.

La historia de un genocidio, de la visión ancestral y de un universo lleno de magia y poesía.

Comentarios:

“Pablo Franco nos invita a un revisionismo histórico desde un lenguaje llano, auténtico y honesto. Va recuperando hechos que pasaron como efímeras anécdotas, pero que sin embargo, describen contextos complejos en el que confrontan enfoques culturales divergentes y en algunos casos antagónicos, que nos va llevando a formular preguntas no sólo del pasado sino interrogantes del presente.

He tenido la suerte de conocer a Pablo, no solamente como escritor,  editor,  sino también como amigo y doy fe de su profunda preocupación y compromiso con la verdad histórica, con la memoria y justicia para las naciones indígenas y su deseo de reconstruir vínculos de solidaridad y reciprocidad entre los pueblos y de habitar este mundo con absoluto respeto a todas las vidas.

Este libro contribuye a seguir profundizando nuestra reflexión de cómo corregir en el presente las decisiones erráticas del pasado”.

Moira Millán

América

América es una mujer con la piel muy blanca, tan blanca como el papel donde la han dibujado. Una diosa inmutable. Su pecho está desnudo. Lleva una corona de plumas. También un arco en la mano derecha. Suele haber un papagayo cuando la dibujan, que según la versión aparece sobre su mano, sobre su hombro, o en las ramas de los árboles. Sus labios ensayan una sonrisa leve, pero esa paz que trasmite, a pesar estar sentada sobre un armadillo, es engañosa; nadie duda de su capacidad de utilizar las armas.

Detrás se ven escenas terribles. Un grupo de indios ha matado a otro. Han descuartizado a las víctimas y ya cocinan las partes blandas para comerlas.

Las primeras representaciones de América no fueron inmediatas, antes hubo que salir de la certeza de que habían llegado a China. Cuando se supo que se trataba de un continente nuevo, se le dio el nombre en homenaje a Américo Vespucio.

Los primeros motivos americanos se vieron en el desfile en honor a la boda de Cosme I de Médici con Leonor de Toledo en 1539. Se representó al “Nuevo Mundo” como a una mujer desnuda que llevaba una fruta desconocida en la mano: era una piña. Y a Perú, como otra mujer que iba acompañada de lo que seguro era una llama, pues la describían como “una oveja de cuello largo”.

Desde entonces las representaciones se multiplicaron en grabados, pinturas, esculturas, y también en los márgenes de los mapas que iban avanzando sobre el territorio. Se ve a América acompañada de un jaguar, en una hamaca, en un carro tirado por unicornios. Rodeada de pájaros coloridos, de ciervos, de serpientes y de águilas. Hay una imagen con una cabeza humana entre sus pies, y otra en la que sostiene, también una cabeza, de los pelos. En un grabado, bajo el brazo, América lleva una pierna cortada desde el muslo. La imagen del “Nuevo Mundo” era bella, femenina, y a la vez sangrienta. Una diosa viva, armada, desnuda y hermosa, peligrosa y cruel, poderosa, caníbal.

Libros e historias

Cuando tenía veinte años leí por primera vez el diario que Colón escribió en su viaje hacia lo que luego se llamaría América. Ha pasado un cuarto de siglo, pero es apenas un suspiro en el largo período que se extiende desde la llegada de los europeos a nuestro continente. Sin embargo, en los mismos años han cambiado bastante las lecturas sobre los primeros textos que la cuentan. También se ha ampliado el interés a los pueblos originarios y su historia.

En ese entonces me sorprendí con la existencia de aquel diario. Me parecía de una trascendencia fundacional. Lo mismo me sucedió con otros libros que eran de lectura obligatoria en la universidad. Además del Popol Wuh, recuerdo La visión de los vencidos de León Portilla, La conquista de América, El problema del otro de Tzvetan Todorov, Oralidad y escritura de Walter Ong, Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de las Casas, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la consciencia, de la indígena guatemalteca a quien le darían el Premio Nobel, las aventuras descriptas en Naufragios por Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

Esos libros marcaban un abrupto corte con el corpus textual occidental. Al mismo tiempo, con otros profesores, leíamos Shakespeare, los formalistas rusos, y tomábamos clases de latín. Se abría ante mí una brecha insalvable, que aún existe. Y comenzaba un camino un tanto solitario. Otras reglas, de otra cosmovisión. La palabra oral ante la escrita. Pretendíamos entender a través de los libros lo que había sido dicho. Un instrumento inadecuado para estudiar algo que nunca se comprendía del todo. Queríamos capturar lo sonoro en un instrumento mudo, el libro: lo vivo, lo que se movía, en unas letras quietas. Prueba de esa incompatibilidad son las metáforas “escribir en el aire” y “el papel que habla”.

Es una de las maldiciones de los americanos que hoy continuamos con la misma tarea. Sobrevivimos en esa paradoja. Vamos a los saltos, de un tema a otro, de lo escrito a lo hablado, de un testimonio viejo a uno nuevo, anudando hilos, repitiendo voces, contando todo lo que nos parece forma parte de lo mismo. La literatura, las historias, sus detalles, son una herramienta de conocimiento, no solo de belleza o ingenio.

Linda Holan, una escritora y académica estadounidense, que pertenece a la nación Chickasaw, en su libro Moradas. Una historia espiritual de la vida del mundo reflexiona sobre algunos de estos problemas. Termina su libro así:

“Esta noche, camino. Estoy mirando el cielo. Pienso en las personas que vinieron antes de mí y en cómo conocieron la ubicación de las estrellas, miraron concentradas el sol que se movía y lo miraron durante el tiempo suficiente para presenciar de qué manera cierto ángulo de luz tocaba una piedra solamente una vez al año. Sin historia escrita, conocían a los dioses de las noches, los detalles pequeños, sutiles del mundo que los rodeaba y la inmensidad encima de ellos.

Es un mundo de atención elemental, un mundo en el que es necesario que todas las cosas trabajen juntas y que todas escuchen lo que habla en la sangre.

Sea cual fuere el rumbo que siga, yo camino en la tierra de muchos dioses, y ellos se aman y se comen los unos a los otros. Camino y escucho en un sentido más profundo. De pronto, mis antepasados están detrás de mí. Quédate quieta, dicen, mira y escucha. Tú eres el resultado del amor de miles.”

Cuenta lo que sucedía sin la escritura. Pero lo hace en un libro.

Habla del espíritu y del amor.

Aún hay muchas personas que no conocen el diario de Colón y todavía se sorprenden al descubrirlo. Es un buen primer paso, es un buen camino, uno largo.

AUTOR/A: Pablo Franco

– Bio de autor/a

Nació en 1975 en Ayacucho, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, en Argentina. Estudió Letras en La Universidad Nacional de Mar del Plata. Trabajó de periodista, conserje de hotel, maestro rural, director técnico de fútbol, cocinero y, durante los últimos años, como editor.

En 2016 publicó Febrero. Diario de un editor atrapado en una cocina. En 2018, Lobisón. Siete historias verdaderas sobre el Séptimo Hijo, para niños, ilustrado por Lautaro Fiszman. Y en 2022, junto al mismo ilustrador, Náufrago Morris, una novela gráfica que fue premiada en el concurso de Historieta Latinoamericana y publicada en Brasil, Argentina y Francia.

Es creador y editor de La Flor Azul desde 2020. Ya terminó su último libro, una novela gráfica titulada “Moqoit y el chamán blanco Florian Paucke”, un libro que recoge el testimonio y las imágenes del jesuita que llegó a Santa Fe en 1750, y lo relaciona con la situación actual de los moqoit.

 

 

 

 

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