La Iglesia busca canonizar a una religiosa que vivió y estudió en Tandil

El Arzobispado de Santa Fe promueve la canonización de Cecilia María Sánchez Sorondo Bosch, conocida como Sor Cecilia María de la Santa Faz, una monja carmelita que murió en el año 2016, a los 42 años. En su juventud, vivió junto a su familia en Tandil, donde estudió Enfermería. Buscan testimonios de fieles que la hayan conocido y puedan avalar su posible santidad.

Escuchar artículo

«Habiendo crecido, con el paso de los años, su fama de santidad y de signos, y haciendo sido solicitado formalmente por el Postulador, Fr. Marco Chiesa O.C.D. para iniciar la correspondiente Causa de beatificación y canonización, invitamos a todos los fieles a comunicar directamente o enviar al Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz», expresa el edicto firmado por el Arzobispo de Santa Fe, Monseñor Sergio Alfredo Fenoy, en febrero pasado.

La religiosa se destacó porque vivió y murió con una sonrisa en los labios y podría ser la próxima santa argentina, a partir del edicto de Monseñor Fenoy, para iniciar el camino de la beatificación y canonización de la carmelita descalza Cecilia María de la Santa Faz, que falleció a los 42 años luego de batallar contra un cáncer de lengua. Nacida en una familia tradicional, sobrina de un obispo allegado al Papa Francisco, enfermera de profesión, descubrió su vocación en el secundario.

El camino de una nueva santa se inició en la Argentina. Ahora, la iglesia comenzó a transitar la postulación de la Hermana Cecilia María de la Santa Faz, la carmelita cuya imagen internada en el Hospital Austral se viralizó hace casi ocho años, apenas 13 días antes de morir. Tenía una hermosa sonrisa en los labios, conservaba la belleza de la juventud y la paz en el rostro, a pesar del sufrimiento que atravesaba por su cruel enfermedad, un cáncer de lengua que se la llevó de este mundo en poco más de seis meses. El edicto para iniciar el proceso de beatificación y canonización fue firmado este 14 de febrero -tres días después que María Antonia de San José (Mama Antula) alcanzara la santidad- por el Arzobispo de Santa Fe, monseñor Sergio Fenoy y el canónigo Alexis Louvet, canciller.

La religiosa, bautizada como Cecilia María Sánchez Sorondo Bosch, es oriunda de San Martín de Los Andes, Neuquén. Pero la causa se inició en la ciudad de Santa Fe ya que vivió en la Arquidiócesis de esa localidad desde 1997, cuando hizo su ingreso al Monasterio de Carmelitas Descalzas, donde fue renombrada como Cecilia María de la Santa Faz.

Sor Cecilia María era hija del coronel Santiago Sánchez Sorondo (que murió el 28 de junio de 2002 por un problema cardíaco) y María Teresa Bosch Seeber. Y sobrina de monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, canciller de la Academia Pontificia de Ciencias, que está en el Vaticano. Nació el 5 de diciembre de 1973, justo cuando la familia preparaba su mudanza a Buenos Aires, ya que su padre había sido destinado a una unidad militar de Capital Federal. Era la segunda de 10 hermanos y la mayor de las cuatro mujeres de la familia.

Cuando cumplió 16 años, su padre fue destinado a Río Mayo, en la provincia de Chubut. Fue otro de los lugares donde vivió. También lo hizo en Tandil y en Azul. Allí, su pasatiempo favorito era andar a caballo, y cuidar una pequeña huerta, donde a pesar del clima hostil de la región logró su cosecha de lechuga. A los 17 regresaron a Buenos Aires, donde terminó el secundario en un colegio católico.

Fue en ese ámbito donde conoció, a través de un profesor de Teología, a una figura que la interpeló, a punto de tomar la decisión de ingresar en una orden religiosa: Santa Teresa de Jesús. Su abuela Julieta, para disuadirla, le regaló un pasaje a Europa. Pero no hubo caso, en ese viaje deseó con fuerza conocer Ávila, el lugar de esa santa. Pero recaló en Segovia y visitó la tumba de San Juan de la Cruz, el padre de la congregación. Y allí, contó, «pedí con todo el fervor y la ansiedad de mi alma, me diera luz sobre mi vocación». La halló.

De vuelta en Argentina pidió entrar al Carmelo de Corpus Christi en Buenos Aires. Sin embargo, a los cinco meses se cuestionó si esa era su verdadera vocación. Volvió a su hogar familiar -ahora en Tandil- y comenzó a estudiar enfermería. Luego de tres años, se recibió. Siempre recordó esa etapa con alegría. «Mis padres me pidieron que estudiara una carrera antes de entrar al Carmelo. Fue un regalo de Dios estudiar enfermería y haber estado junto al lecho de tantos enfermos y agonizantes», dice el testimonio que recogieron en una semblanza sobre su vida, llamada «El gozo de vivir y morir con Cristo», que produjo el Carmelo de San José y Santa Teresa de Santa Fe de la Vera Cruz.

Al finalizar sus estudios, otra vez recibió el llamado de Dios, esta vez con más fuerza. Y tomó la decisión definitiva: pidió ingresar precisamente allí, al Carmelo de Santa Fe. Lo hizo el 8 de diciembre de 1997, a los 24 años, como cuenta la Carta de Edificación que publicó el Carmelo luego de su muerte, el 23 de junio de 2016. En la publicación se detalla el sufrimiento de esta joven.

El 20 de junio de 1998 recibió el Hábito de la Virgen, y casi un año después, un 5 de junio, hizo su profesión de votos de obediencia, castidad y pobreza por tres años.

A finales de 2015 fue enviada para terminar de cerrar el Carmelo de la localidad de Azul. Sentía unas molestas llagas en la boca, que cuando volvió a Santa Fe se hicieron más intensas y dolorosas. Fue a ver a un dentista y la derivó a un especialista de cabeza y cuello. Éste, de urgencia. la mandó a hacerse una tomografía computada de lengua y cuello. El estudio lo conoció el 11 de diciembre, y dio como resultado que tenía un tumor en la base de la lengua y en un ganglio en el cuello.

En una carta a su familia el 17 de diciembre de 2015, expresó: «No sé si estoy en el aire, pero a pesar del dolor que ya se va anunciando cada vez más, y me quita bastante el sueño, me siento por ahora animada y contenta. Supongo que me vendrán momentos de oscuridad y desesperación un poco, pero como no estoy sola, podremos juntos seguir al Cordero».

El 22 de diciembre su estado se agravó. A través de una biopsia, le informaron que el tumor era de 10 centímetros y le aconsejaron instalarse en Buenos Aires para tratarlo. El cáncer le comprometía el habla, la deglución, el trigémino y los nervios de la cabeza.

Se instaló en el Carmelo de Lisieux, en Buenos Aires, y comenzó el tratamiento con quimioterapia y rayos en el Hospital Austral.

Pronto, su estado empeoró, y antes de someterla a las nuevas sesiones de quimioterapia y rayos le colocaron un botón de gastrostomía, ya que las dificultades para comer vía boca eran enormes. El 25 de enero de 2016 le anunciaron, definitivamente, que ya no podría ingerir más alimentos por boca. Por su estado de salud, una nueva tanda de sesiones de quimioterapia se suspendió. El 19 de marzo regresó a Santa Fe. El 24, coincidente con el Sábado Santo, fue internada otra vez.

Pero, aunque estaba muy débil y se alimentaba a través de una jeringa, nunca dejaba de sonreír y confortar a quienes la visitaban. Ya casi no podía hablar, así que comenzó a escribir para comunicarse: «Dios no nos quiere tristes. A mí me pasa que cuando me duele la boca, toda mi vida gira en torno a ella, y pareciera que es lo único en el mundo, pero tenemos que aprender a darle a cada cosa su lugar. Igual es un ejemplo tonto, porque los dolores del corazón no son como los del cuerpo. Lo más importante para tener paz, gozo y alegría es estar muy unidos a Jesús. Yo sé que la paz que tengo no es mi paz, sino la paz de Jesús, no es mi alegría, sino la alegría de Jesús. Es que, si todo lo vivimos unidos a Él, nos volvemos otros Cristos».

El 19 de mayo le practicaron la biopsia. El resultado fue que el tumor le había tomado toda la lengua. Ese día, antes de entrar al quirófano, un amigo recién llegado desde Roma le regaló un rosario y le hizo escuchar un mensaje enviado por el Papa Francisco: «Hola Cecilia, yo estoy cerca de ti, sé lo que estás pasando, el momento de cruz, pero sé también la paz interior que tenés, el ofrecimiento que hacés por la Iglesia. Que sea lo que el Señor quiera, que lo que Él quiera es lo mejor siempre, ¿no? Entonces cada día está en la Voluntad de Dios. Te acompaño con mi oración y mi bendición. Y vos rezá un poquito por mí, un poquitito. Te quiero mucho».

En la carta de edificación, dicen que, a esa altura, y ante la opción entre ir a una nueva cirugía o someterse a cuidados paliativos, ella señaló: «Me parece que Dios no quiere tanta agresión».

Empezó a recibir morfina por goteo. Contra todos los pronósticos, ella misma salía a caminar por los pasillos, morfina en mano, sonriente siempre. Y sucedió algo maravilloso: doctores, doctoras, enfermeras, hasta novias de médicos la comenzaron a visitar. Cada uno de esos visitantes que iban a contarle sus problemas y a tomarla de la mano se iban llorando de emoción de su habitación y con el recuerdo de su sonrisa.

Su estado empeoró a cada segundo. El 8 de junio, por aspiraciones de flema y ahogos, fue operada de un pulmón. Ocho días después recibió un informe lapidario: había masa tumoral también en el pulmón. «Jesús me pide el camino más largo», escribió ese día.

En la noche del 22 de junio, alrededor de las ocho, comulgó con el capellán del Hospital Austral, el padre Marcos Gaviola, a través de un gotero. Ya no respondía a la medicación. Para que no sufriera la sensación de asfixia, la sedaron completamente. Con ella estaban una hermana carmelita y una hermana de sangre. Las dos a cada lado, rezando y tomándola de las manos. Llamaron a su mamá, que todos los días la visitaba. A las 3.45 de la madrugada del 23 de junio de 2016, su respiración se hizo pausada. Hasta que expiró fuerte, y murió.

La vistieron con su hábito y la llevaron a la capilla del Hospital, donde tuvo su primera misa de cuerpo presente. Tiempo después, el padre Marcos contó su experiencia junto a Sor Cecilia María: «La sonrisa que estuvo presente en su faz a lo largo de su enfermedad fue consecuencia de la alegría de su entrega a Dios. Durante el tiempo en que tuve el privilegio de poder acompañarla, junto con los otros sacerdotes que formamos el Servicio de Capellanía del Hospital Austral, vi siempre esa sonrisa llena de esperanza embelleciendo su rostro, aun cuando sabía que transitaba los últimos días de su vida. La esperanza alimentaba esa sonrisa… He visto morir personas sin fe y personas que tienen fe. Ese momento biográfico se vive diferente: la serenidad, la naturalidad con que se acepta el final de la vida, las decisiones que se toman… Ver que la hermana Cecilia veía aproximarse la muerte preparada para dar ese paso fue para mí una de las experiencias más bellas de mi trabajo en el hospital».

En el edicto que inicia el camino de la santidad de la carmelita, Monseñor Fenoy destaca sus virtudes: «Su testimonio de amor y confianza en Jesucristo, aún en medio de las pruebas más duras, ha despertado en muchos corazones el deseo de un mayor compromiso en la vida cristiana». En el documento, además, invita a que los fieles colaboren contando cómo fue la vida de la religiosa: «Habiendo crecido, con el paso de los años, su fama de santidad y de signos, y haciendo sido solicitado formalmente por el Postulador, Fr. Marco Chiesa O.C.D. para iniciar la correspondiente Causa de beatificación y canonización, invitamos a todos los fieles a comunicar directamente o enviar al Arzobispado de Santa Fe de la Vera Cruz.» Y deja la dirección (Av. Gral. López 2720 -S3000DCJ) y un mail Icancillería@arquisantafe.org.ar) para que envíen «toda aquella información de la que se pueda, de alguna manera, deducir elementos favorables o contrarios a la reputación de santidad de la citada Hermana Cecilia María de la Santa Faz.

Es decir, lo que ahora quiere averiguar la Iglesia es si hizo o no milagros, que es lo que le importa si de santos se habla. Los que conocieron a Cecilia saben que ya fueron bendecidos.

N. de la R; Por Hugo Martin para Infobae

Comentarios

Leave a Reply

su dirección de correo electrónico no será publicada.


*